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El protocolo, clave en la estrategia de Comunicación Política de Buckingham Palace
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Análisis del funeral de Diana Spencer

El desarrollo que en los últimos años ha experimentado el management político se ha visto condicionado en buena medida por la presencia totalizadora de los medios de comunicación en la sociedad. Instituciones públicas y privadas, Organizaciones no gubernamentales (ONG), asociaciones y partidos políticos diseñan estrategias de comunicación para alcanzar sus objetivos con la mayor eficacia rentabilizando al máximo sus intereses. Hoy, los medios de comunicación lo llenan todo. La proliferación de medios impresos y, sobre todo, audiovisuales, ha sido quizá la causante de la relajación de la función de informar que predominaba en esos medios. El director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, asegura que “…ha cambiado la idea de informar, que ya no es responder a las 5 W’s debido a la influencia de la televisión. Informar es hacernos asistir en directo al acontecimiento”.1 Este cambio revolucionario en la manera de entender la información por parte de la audiencia más genérica y, concretamente su tratamiento -desde el punto de vista de los profesionales-, es utilizado por las instituciones en sus departamentos de marketing político.

Aunque a menudo no se repara en la trascendencia de este cambio y se sigue ignorando que “el objetivo prioritario para el ciudadano, su satisfacción, ya no es comprender el alcance de un acontecimiento, sino simplemente verlo (…). De este modo se establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender”.2 Esta idea generalizada sobre la información televisiva es un arma de gran valor en manos de los expertos en management político. Estos ‘promotores’ son quienes “originan e impulsan (…) acontecimientos amorfos de la vida diaria, con algún propósito concreto” realizando “una serie de operaciones para que sus ocurrencias puedan convertirse en sucesos noticiosos”.3 Y lo hacen siendo plenamente conscientes de que la imagen es el instrumento más poderoso en una sociedad en la que la televisión ocupa, para la mayoría, el puesto prioritario de los tradicionales medios de información; es el que más aceptación tiene entre la audiencia y el que posibilita esa ‘confusión’ interesada de creer que se asiste a un hecho cuando sólo se está viendo de forma distanciada. Y lo que es peor, se cree que se entiende cuando solamente se está observando. “La institución, en la mayoría de los casos, sólo existe ante la sociedad como imagen virtual, como realidad conformada a través de su presencia en los medios de comunicación y, en el mundo actual, éstos son los elementos más eficaces para esculpir esa imagen en el acervo de una sociedad”.4

Un nuevo reto

Las investigaciones en el campo de la Comunicación Política se han centrado en los procesos electorales, y se ha estudiado la imagen de los candidatos, el discurso, la negociación, la presencia ante los medios y cómo comportarse. Muchas de las conclusiones a las que se ha podido llegar se han extrapolado al campo de la empresa o de las instituciones, en donde lo que se persigue son fines distintos, pero donde son válidos, a menudo, los mismos procedimientos. Pero muchos de los organismos de mayor o menor envergadura que han visto en la Comunicación Política un instrumento adecuado para alcanzar sus propósitos aún no han sabido explotar otra arma extraordinariamente eficaz. “El objetivo de todo poder es el de no mantenerse ni gracias a la dominación brutal ni basándose en la sola justificación racional. Para ello no existe ni se conserva sino por la transposición de imágenes, por la manipulación de símbolos y su ordenamiento en un cuadro ceremonial”.5 Efectivamente, el prestigioso antropólogo George Balandier señala al protocolo – “manipulación de símbolos y su ordenamiento”- como la única forma de mantener el poder de un gobierno o de una empresa, pero entendido también como una forma de prestigio y no sólo de autoridad reconocida.

Quizá no convenga exagerar las posibilidades que ofrece el ceremonial hasta el punto de atribuirle la capacidad de ser el único medio de mantenimiento del poder, puesto que ello supondría infravalorar otras opciones que ofrece la Comunicación Política. Si bien es cierto que, a veces, centraliza todos los esfuerzos en aras de un sólo y complejo objetivo: la consecución o mantenimiento del poder o del prestigio social.

Tras la inesperada muerte de la Princesa de Gales, Diana Spencer, el 31 de agosto de 1997, el pueblo inglés se sume en un profundo shock. “El excepcional carácter humano (…) su sonrisa y simpatía en los buenos y malos momentos (…) y su energía y compromiso para con la gente”, tal y como la Reina subrayo en un inhabitual discurso transmitido por la BBC, fueron aspectos de su peculiar personalidad que calaría muy hondo entre los ingleses. Desde el momento en que fue conocida la noticia del accidente de tráfico que costó la vida de la Princesa, se sucedieron las muestras de dolor. Las declaraciones públicas de famosos, políticos y gente anónima coincidían en subrayar la “irreparable pérdida” de una mujer que, a pesar de pertenecer a la aristocracia y ser la madre del futuro Rey de Inglaterra, había dedicado parte de su tiempo a los más desfavorecidos, encabezando incluso campanas internacionales contra las minas antipersona o en favor de los derechos de los niños o la ayuda a los enfermos de SIDA.

Esta actitud, que para algunos analistas formaba parte de una campaña de imagen personal, permitió a la Princesa de Gales alcanzar altas cotas de popularidad no sólo entre el pueblo inglés sino también entre otras sociedades como la francesa o incluso la norteamericana, a juzgar por las reacciones tras su fallecimiento. Miles de personas se acercaron a Kensington Palace, la que había sido su residencia oficial, para depositar miles de ramos de flores a la entrada en señal de respeto y reconocimiento público. Pero, entre esas muestras de dolor, faltaba una muy importante y esperada: la de la Reina.

a. El protocolo y los medios

El día 31 de agosto, Buckingham Palace hizo públicas cuatro notas de prensa. En la primera de ellas se confirmaba la muerte de Diana, y añadía, escuetamente: “La reina y el Príncipe de Gales, profundamente impresionados por esta terrible noticia”. La segunda nota informaba de que el Príncipe de Gales viajaría con dos hermanas de la fallecida a París para acompañar el féretro en su regreso a Inglaterra. La tercera era de exclusivo interés para los periodistas, ya que hacía referencia a los detalles sobre la cobertura informativa a la llegada del féretro a Inglaterra. Finalmente, la cuarta nota de prensa anunciaba que, desde el mismo domingo 31 de agosto hasta el día del funeral, las dependencias de Estado del Palacio de Buckingham, el castillo de Windsor, el Palacio de Holyrood House y el Sandringham Estate permanecerían cerradas al público.

La bandera nacional y la Union Jack

Pero ni la frase de la primera nota ni el gesto de la última parecieron suficientes al pueblo inglés. Tampoco colmó sus deseos que las banderas nacionales ondearan a media asta durante los días previos al funeral. El pueblo, que en su mayor parte desconoce algunas de las normas protocolarias que rigen el ceremonial de palacio, no entendía como la Union Jack –la bandera de la familia Real inglesa ondeaba en Balmoral, la residencia real de verano, pero no a media asta como el resto de las banderas del país. Esto se interpretó como una desconsideración hacia la fallecida y como una muestra de frialdad por parte de la Soberana. Fue necesario que los medios de comunicación consultaran a expertos en protocolo para que aclararan públicamente que la Union Jack indica que la Reina está en el trono y presente en el edificio, y que, por tanto, no se arría a media asta. Sin embargo, ese sentimiento de ofensa había sido convenientemente alimentado por los medios de comunicación que, por ignorancia o mal interpretación –intencionada o no- no informaron a los ciudadanos del significado de algunos gestos como éste y de otros que los propios medios no difundieron. Así, The Times, en el editorial del día 4, aseguraba: “Para muchos, este estricto apego a las costumbres es tan incomprensible poco compasivo”.6

Esto no solo ocurrió las banderas. Hasta el día anterior al funeral hubo un intenso debate en los medios sobre el tipo de ceremonia que se iba a celebrar. Por ejemplo, el mismo The Times, el día después de la muerte de Diana titulaba en su primera página: “Buckingham se plantea el funeral de estado como una señal de luto mundial”.7 Esta presión mediática, seguida con posterioridad por otros medios escritos y audiovisuales tuvo su nota más importante ese mismo día en el editorial del propio periódico, en donde se afirmaba: “Reyes y reinas, príncipes y princesas son espejos en los que nos reflejamos nosotros mismos y los tiempos que vivimos. La muerte de la princesa es una muerte de repercusión pública.” Y continuaba: “La nación querrá un funeral de estado. No debería haber ningún inconveniente para ello – y menos por parte de Buckingham”. 8

Abierta la polémica, todos los medios se apuntaron a reclamar un funeral de estado para la princesa fallecida. The Times, aun tras publicar que Tony Blair, la Reina y la familia Spencer estaban tratando como preparar la ceremonia, aseguraba el día 2 en su primera página que: “Aunque Buckingham y Downing Street lo niegan, el funeral por la Princesa será un funeral de estado”.9 Esta presión –comprensible, por otra parte- ignoraba lo estéril de la polémica sobre ese tipo de ceremonia ya que, a poco que se observara lo que estaba ocurriendo o se preguntara a un especialista en ceremonial, se podía llegar a la conclusión de que de ningún modo se podía tratar de un funeral de Estado propiamente dicho, debido, precisamente, a las negociaciones sobre las que se estaba hablando al mismo tiempo. Si fuera un acto de Estado, las discusiones no procederían, ya que este tipo de ceremonial se rige por unas normas, usos y costumbres que difícilmente pueden ser objeto de discusión. Esto no quiere decir que normalmente no se consulte a la familia afectada para concretar algunos detalles, pero el marco general y el procedimiento están predeterminados.

Esto es otro ejemplo de cómo, probablemente por desconocimiento, se estaba transmitiendo al pueblo una idea de lo que estaba pasando y que no correspondía del todo con la realidad. La falta de símbolos que pudieran ser percibidos fácilmente, primero por los medios y después por los ciudadanos, y que mostraran el pesar de la Familia Real, hizo entrar a la Monarquía inglesa en uno de los momentos más críticos de su historia reciente, obligando a Palacio a cambiar la forma de actuar y a ser más explícito en su proceder. Las encuestas que se preguntaban si esta institución había sabido estar a la altura de las circunstancias o si, guiada por un “rígido protocolo”, permanecía anclada en el pasado sin saber adaptarse a los nuevos tiempos, ocuparon las primeras páginas de los diarios, tanto los sensacionalistas como los de calidad. Los medios, haciéndose eco de las demandas populares, exigían a la Reina muestras claras de dolor y tristeza. Así, el diario sensacionalista The Sun titulaba en primera página “¿Dónde está nuestra Reina? ¿Dónde está nuestra bandera?”; The Express emplazaba a la Soberana a “Muestra tu pesar”. Otros diarios más serios, como The Times, además de informar sobre este particular decidieron incluso editorializar sobre el asunto. Para el periódico inglés, “Además de la interesante innovación de los libros de condolencia, no se han producido gestos personales (de la familia real) dirigidos a la multitud. Siguiendo el protocolo, el estandarte Real que ondea en Balmoral no se ha colocado a media asta; sobre el palacio de Buckingham no ondea ninguna bandera”.10

Pero no solo los diarios ingleses reparaban en este hecho. El diario El País, también en un editorial del día 3, mantenía: “más allá de un digno protocolo y de alguna esporádica aparición, los miembros de la familia real se han mostrado incapaces de hacer gestos personales y humanos hacia la difunta”.11 Ambos rotativos iban incluso más allá. The Times, tras afirmar que “La Princesa no tiene por qué ser prisionera del protocolo”, emplazaba a la Soberana a estar con la gente, a hacer gestos significativos: no a romper el protocolo, sino a modificarlo. “Una aparición pública de la Reina, por breve que fuera, su consorte o alguno de sus hijos en el Palacio de Sant James habría consolado no sólo a la paciente multitud que espera fuera, sino a los millones que observaban desde lejos (entiéndase, desde sus casas, a través del televisor). La sola presencia de la Soberana en Buckingham significa mucho para la mayoría de personas que lamentan la muerte de Diana. De esta forma se produciría un pequeño gesto de flexibilidad en el hecho puramente simbólico de las banderas ondeando en los palacios reales.12

El País, en cambio, advertía de la importancia de los gestos, no ya los días anteriores al funeral, sino el mismo día de autos. Para el periódico español, el silencio “clamoroso” de ese día, podía ser la ocasión para que los Windsor demostraran que más allá del dominio del protocolo también tenían corazón. Sin embargo, la Familia Real ya había empezado a dar muestras de cambio desde el mismo día del fallecimiento, aunque quizá de una forma menos perceptible. El problema radicaba en que los símbolos que había hecho la Soberana no habían sido percibidos por el pueblo, porque tampoco habían sido difundidos por los medios de comunicación.

"Princesa del Pueblo"

A estas críticas del pueblo y de los medios de información se unieron las voces de quienes pedían que se concediera a Diana Spencer, a título póstumo, el tratamiento de “Su Alteza Real”, distinción que había perdido tras su divorcio del Príncipe de Gales. Sin embargo, uno de los hechos decisivos en esta corriente crítica que se levantó contra la Reina –sin abandonar en ningún momento el plano retórico- fue protagonizado por el Primer Ministro inglés, el laborista Tony Blair. En las declaraciones que hizo el mismo día del suceso, Blair califico a Diana Spencer como la “Princesa del Pueblo”, afortunada expresión que calaría muy hondo entre los medios y, consecuentemente, entre la población, y que sería clave en la organización del funeral. Probablemente sin quererlo –o quizá sí- había concedido a Diana de Gales, un título, el de Princesa, del que había sido desposeída tras su divorcio de Carlos de Inglaterra. Este fue otro de los factores que animó a los ingleses a reclamar algo especial para la difunta ‘Princesa’: un funeral acorde con su categoría. Esa era la demanda que Inglaterra estaba haciendo a la Reina. Pero, ¿qué categoría correspondía a Diana Spencer?

Entre tanto, la Monarquía ponía en marcha una estrategia de comunicación que tuvo tres momentos esenciales. El primero lo protagonizo el jefe de prensa de la Reina, Geoffrey Crawford, en una inesperada e “inusual” declaración a los medios de comunicación. Crawford intentaba salir al paso de las críticas que acusaban a la Familia Real de “indiferencia” respecto a la muerte de Diana. El secretario de prensa hizo especial hincapié en el hecho de que la Reina, además de su rango institucional, era abuela. Esta idea, innegable por otra parte, introducía y avanzaba al mismo tiempo un elemento humano que sería especialmente subrayado en el discurso que la propia Isabel II pronunció en la BBC el viernes 5 de septiembre, justo un día antes del funeral. Ese mismo día, por la mañana, la Reina, acompañada por su marido, el Duque de Edimburgo, se había acercado a la entrada del Buckingham Palace a ver las miles de flores que los ciudadanos habían depositado en recuerdo de Diana y a intercambiar impresiones con ellos.

Ese gesto, en el que algunos analistas y periodistas han querido ver una ruptura del protocolo, no supuso en absoluto ninguna violación de las normas del ceremonial. Salir de Palacio y hablar con la gente podrá ser un gesto inesperado, inusual o sorprendente, pero no implica quebrantar ninguna norma de protocolo que, por otra parte, es una técnica de organización que no se inmiscuye en ese tipo de decisiones. Esta no sería la única vez que algunos periodistas hablaran de ruptura de protocolo de la familia Real, atribuyendo al ceremonial motivos más relacionados con la Historia, la tradición o una estrategia política determinada. El protocolo se limita exclusivamente a codificar y poner en práctica las reglas del ceremonial, y supervisa su aplicación. Por ejemplo, el corresponsal de Le Monde en Londres, Marc Roche, aseguraba que el gesto de “relations publiques” de la Reina y su marido – cuando salieron de Buckingham Palace a ver las flores – era poco común ya que, para no infringir las normas de ceremonial, los contactos entre el trono y la calle son raros: “La reina no está muy habituada a este tipo de ejercicios de relaciones públicas. Por no ‘perder’ el ceremonial, son raros los contactos directos entre el trono y la calle”.13 En referencia al discurso de la Soberana, Guradian Weekly titulaba: “La Reina rompe el protocolo y habla a la nación”.14

El protocolo nada tiene que ver con la decisión de salir o no a la calle o de pronunciar o no un discurso en un momento delicado. En todo caso, y una vez tomada esa opción, el protocolo dispondría la forma más oportuna para hacerlo. Como explican John Wood y Jean Serres en uno de los manuales básicos de protocolo y ceremonial, esta técnica “ayuda a crear una atmósfera agradable en los encuentros y reuniones, facilita la ausencia de tensión y el buen entendimiento que es lo deseable para alcanzar los resultados esperados de estas reuniones”15.

El discurso de la Reina a la nación constituye el segundo paso de la estrategia de comunicación. Cinco días después de la muerte de Diana, la Reina compareció ante la cadena pública. Sus primeras palabras pretendieron justificar esta tardanza, por otra parte, motivo esencial del deterioro de su imagen, tal y como había recogido en su primera página del día 4, entre otros, The Washington Post (“¿Podrá la Realeza sobrevivir después de Diana?: La Monarquía hace frente a una crisis de imagen, relevancia y respeto”). “No es sencillo expresas un sentimiento de pérdida, ya que a menudo al ‘shock’ inicial le sucede una mezcla de otros sentimientos: incredulidad, incomprensión, cólera. Todos tenemos esos sentimientos en estos últimos días”, aseguró la Reina, que apareció ante las cámaras delante de una ventana del Palacio tras la que se podían ver miles de flores, y con un traje negro en señal de luto riguroso.

Sin embargo, lo que realmente interesa en nuestro análisis es la penúltima frase del discurso: “Es una oportunidad para mostrar al mundo entero al pueblo inglés unido en el dolor y el respeto”. Efectivamente, con esa afirmación la Reina predisponía emocionalmente a todos los ingleses a formar parte de uno de los hitos en la historia reciente del protocolo: el funeral de Diana Spencer. Isabel II avanzaba de esa forma todo un espectáculo simbólico que serviría para ganar de nuevo la confianza del pueblo inglés, gratamente sorprendido por una ceremonia inexplicable, y que algunos diarios, como El País, calificaron de digno “de una princesa de cuento de hadas”.16 Para la revista Time, “la pompa, el boato característico de las solemnidades históricas se han observado en la Monarquía inglesa, pero con una diferencia, la que marca la impronta singular de Diana en la Casa de Windsor y en el comportamiento real de otras naciones del mundo”.17 Según Newsweek, “El boato del funeral fue una mezcla de lo antiguo y lo moderno, una apropiado tributo a Diana, que fue al tiempo símbolo de una Inglaterra cosmopolita y madre de reyes”.18 Para New York Times, “Inglaterra rindió un adiós a Diana, Princesa de Gales, en una ceremonia popular con boato real”.19 Washington Post se manifestaba en parecidos términos: “Hubo la pompa y la tradición que tanto Inglaterra como el mundo esperaban ver en estas grandes ocasiones de Estado”.20

La Reina entendió perfectamente que “los símbolos de la nación no son sólo propiedad de los legisladores y las élites, sino de toda la gente. Se han pensado para reflejar más los ideales comunes que el linaje de las monarquías y los regímenes; hacen referencia a la unión del pueblo en torno a su destino.21 Pero este hecho no estaba reñido con otro prioritario: la necesidad de observar la esencia la tradición inglesa. Este era un aspecto esencial que en todo momento fue cuidado por los servicios de protocolo.

Es bien conocido que Inglaterra es un país sin constitución. No existe una carta magna que establezca los principios generales que rigen el Estado, ni su ordenamiento, ni una declaración escrita en la que el país, como tal, se defina y establezca sus prioridades y fundamentos. Por esa razón, las tradiciones han desempeñado a lo largo de su historia un papel muy importante para la consolidación del Estado y, en buena medida, han suplido la ausencia de una constitución. Inglaterra es uno de los países occidentales más ricos en costumbres – unas más rígidas que otras, unas más antiguas que otras -. Inglaterra es el ejemplo de un Estado donde la tradición preserva la esencia de la identidad nacional, donde tanto el pueblo como las instituciones mantienen su personalidad mediante actos simbólicos que los diferencian del resto del mundo.

La ceremonia constituye, pues, el tercer paso en la estrategia de comunicación. Una ceremonia religiosa no tendría, en principio, por que formar parte de una campaña de comunicación. Por dos motivos: primero, porque, de una u otra forma, el funeral es un evento esperado que sucede al fallecimiento de una persona, por lo que su celebración nada tiene de especial. Segundo, porque no se espera que una ceremonia religiosa pueda servir como parte de una estrategia política encaminada en este caso a fortalecer la imagen que de la Monarquía habían percibido los ingleses en los cinco días anteriores. Pero, ¿qué tipo de ceremonia se estaba preparando?

Topología

Según el ceremonial británico, además de la ceremonia privada (oficial o no) existen tres fórmulas de funeral aplicables a los miembros de la Familia Real: la ceremonia de Estado –como hemos mencionado anteriormente-; la ceremonia real para miembros de la Familia Real con alto rango militar, consortes del Soberano y herederos al trono; y la ceremonia privada real, para el resto de componentes de la Familia, sus cónyuges e hijos. La ceremonia de Estado está reservada para los Soberanos. Excepcionalmente, se ha aplicado a personalidades no Reales pero que había adquirido un rango equivalente al de personalidad de Estado. Tales fueron los casos del almirante Lord Nelson (1806), el Duque de Wellington (1852), sir Winston Churchill (1965) y Lord Louis Mountbatten (1979). La aceptación de este tipo de ceremonia suponía el reconocimiento explícito de los honores del título de Princesa de Gales –con los honores correspondientes- que había perdido tras su divorcio del heredero de la Corona.

Una ceremonia real también implicaba reconocer el título de Princesa de Gales y su condición de esposa del primer heredero, lo que, evidentemente, no era posible. La tercera, que si se podía aplicar al ser Diana la madre del futuro Rey de Inglaterra, no era aconsejable dado el carácter íntimo y privado. La presencia de representantes – con mayor o menor rango- de casi todas las Casas Reales, de políticos, actores y artistas, unido a la presión popular y mediática impedía, a todas luces, una ceremonia de esas características.

Esto es lo que estipulaba el protocolo. Por otra parte, había que tener en cuenta que existe una antigua proscripción que impide que la figura de la Soberana sea asociada a la idea de luto. Esta prohibición se extiende a los otros miembros de la Familia Real quienes, como la Reina, no acostumbran a asistir a funerales. Esta tradición es tan estricta que Isabel II asistió al funeral de su propio padre más como hija de Jorge VI que como reina de Inglaterra. La única ceremonia relacionada con el luto a la que asiste la Soberana es el ‘Remembrance Day’, homenaje que se celebra el domingo más cercano al 11 de noviembre y en el que se recuerda a todos aquellos que murieron en las dos guerras mundiales con dos minutos de silencio a las once de la mañana –hora en la que se firmó el armisticio de la Primera Guerra- y la colocación de una corona de amapolas ante el monumento a los caídos.

Sin embargo, en la historia reciente de Inglaterra se produjo un hecho protocolario excepcional. En 1965, la Reina asistió al funeral de Winston Churchill. El motivo se debió a que el político inglés había adquirido en vida casi un estatus real. De cualquier forma, la tradición llega al extremo de que incluso cuando fallece un jefe de Estado o un miembro de la realeza de un determinado país, la Soberana es representada generalmente por uno de sus familiares varones. Aunque como el caso anterior, también hay una excepción. Al funeral por el fallecimiento de la Princesa Gracia de Mónaco asistió, en representación de la Casa Real Británica, la Princesa de Gales y no un varón, como habría sido estipulado por la costumbre. Y el pueblo inglés conoce las normas y las escasas excepciones. Los medios de comunicación probablemente conocían este hecho. Sin embargo, ninguno reparo en la importancia de que la Reina, dejando al margen la rígida tradición, hubiera anunciado su decisión de asistir al funeral. Este gesto, junto a otros que tampoco fueron difundidos –y que se analizan más adelante- transmitieron una imagen de frialdad y distanciamiento que, si bien podía ser cierta –extremo este difícil de confirmar-, no era tan extrema como se quiso hacer ver.

De cualquier forma, se habían producido varios acontecimientos que dificultaban decantarse por uno de los tres tipos de ceremonia mencionados más arriba. Primero, la declaración de Tony Blair en la que calificaba a Diana Spencer como ‘Princesa del Pueblo’, sugiriendo así una determinada clase de ceremonia. Segundo, el deseo de la familia de la fallecida, expresado por su hermano –el Conde de Spencer-, de que fuera una ceremonia privada. Tercero, la petición popular de una ceremonia de Estado. Cuarto, y lo más importante, el deseo de la Reina, que no era otro que preparar una ceremonia que se adaptara a la demanda popular –para así poder fortalecer una imagen que había sido notablemente deteriorada- pero sin quebrantar gravemente la tradición, que no el protocolo.

"Funeral único"

Otra importante declaración para nuestro análisis la ofreció el mismo día del fallecimiento un portavoz de Buckingham Palace (no identificado por ningún medio de información de los consultados). Preguntado por los periodistas acerca del rango que se le iba a conceder a la ceremonia, contesto: “El status es irrelevante. Este es un funeral único para una persona única”. Esta afirmación encierra dos ideas: la primera, – “el estatus es irrelevante”- absolutamente falsa. Si en todas las ceremonias el rango es esencial para la clasificación del evento y para su organización (colocación de los invitados, timming, tratamientos…) en el caso inglés, y aún más cuando participa algún miembro de la Familia Real, lo es más. La idea de dominación queda patente por medio de la jerarquía, que se manifiesta por la creencia de que la categoría de algunas personas es superior a otras.

La segunda parte de la declaración –“es un único funeral para una persona única”- es totalmente cierta a juzgar por la ceremonia que se celebró posteriormente. En un ejercicio protocolario sin precedentes, los organizadores del evento –la Reina, el Primer Ministro Tony Blair, la familia Spencer y el teniente coronel Malcolm Ross, comptroler of the Lord Chamberlain’s Office at Buckingham Palace- consiguieron representar “una ceremonia única” en todos los sentidos. Hasta tal punto fue así, que ningún especialista supo definir el funeral hábilmente preparado para, sin violar el espíritu del protocolo inglés, dar una apariencia de funeral Real, funeral de Estado, y funeral privado. No fue ninguno de los tres, en su totalidad; pero fue una combinación de los tres en su conjunto.

Lo que, en principio, no tendría por qué suponer ningún problema, se convierte en el principal centro de atención de los ciudadanos. El pueblo inglés era plenamente consciente de lo que implicaba cada uno de los tres tipos de funeral. Pero, sobre todo, sabía que si tenía carácter privado (como lo fue después el entierro) no podría participar de forma activa, ni siquiera a través de grandes pantallas de televisión, como las colocadas para la ocasión en Hyde Park y en el Regent Park.

Una lectura atenta de las notas de prensa difundidas por Buckingham Palace los días anteriores a la ceremonia nos permiten concluir el especial interés de los organizadores en mantener un secreto absoluto sobre los detalles del funeral, y reducir así al máximo toda crítica publica fundada. Desde el primer momento dejan lugar a la especulación. Sin embargo, también permite salir al paso ante una crítica determinada, ya que se le puede tachar de antemano de infundada. Es la cara y la cruz de utilizar el silencio como estrategia.

El 1 de septiembre, la oficina de prensa de Buckingham Palace emitió una nota sobre algunos aspectos del funeral de Diana, Princesa de Gales. La primera frase informaba de cuándo y dónde iba a ser el funeral: “El funeral de Diana tendrá lugar el sábado día 6 de septiembre a las 11 de la mañana en la Abadía de Westminster”. Pero no aclaraba qué tipo de ceremonia seria. Entre otros detalles protocolarios, la nota afirma: “La familia de la Princesa y la Familia Real estarán sentadas en los bancos frontales; el cortejo estará formado por miembros de la familia de la Princesa y de la familia Real; componentes de la familia de la Princesa y de la familia Real viajarán por separado desde Northampton; Algunos miembros de la familia Real irán desde la Abadía de Westminster hasta Buckingham Palace, antes de partir más tarde por avión hasta Balmoral”. Como se puede observar, en ninguna de las afirmaciones se concreta qué miembros ocuparán los asientos delanteros –y en qué orden-, quiénes participarán en la procesión –y en qué orden- ni, finalmente, quiénes viajarán a Northampton ni a Buckingham Palace.

Tras este mutismo se ocultaba la preparación calculada de un funeral con “ingredientes” de Estado, escenarios de ceremonia real, homenajes multitudinarios y protocolo propio de una ceremonia privada. De esta forma se respondía así a la petición popular de constituir un último homenaje vestido con los símbolos propios de la más alta realeza, con gran protagonismo por parte de la familia más directa -hijos y los Spencer-, y una notoriedad más discreta y puntual por parte de la Corona, como máxima institución del país.

b. Análisis de la Ceremonia

Observemos detalladamente el protocolo anterior y posterior al funeral, así como el del día de autos.

Gestos y movimientos

Antes del día de autos. Traslado del féretro con acompañamiento del Príncipe de Gales y despedida oficial en Orly, desde París hasta Inglaterra; recibimiento oficial en el aeropuerto de Inglaterra; féretro recubierto de la bandera real británica reservada únicamente para miembros de la Familia Real; capilla ardiente en el Palacio de Saint James, residencia oficial de su ex-marido e hijos, sin acceso alguno por parte del público. De estos cuatro pasos seguidos en el protocolo de la pre-ceremonia, los tres primeros tienen el rango de Estado –por tanto, con honores- y sólo el último tiene carácter privado. (Todos fueron realizados entre el día del fallecimiento y el día siguiente).

El día de autos: la procesión. Recorrido de Estado sobre una cureña o armón de artillería tirada por seis caballos negros desde la residencia de la Princesa, Palacio de Kensington, hasta la abadía. El armón, flanqueado por doce miembros de la Guardia Galesa y Compañía del Príncipe de Gales, y por nueve miembros de la Tropa del Rey, de la Real Artillería Ecuestre; flores en el ataúd exclusivamente de sus hijos y hermanos; presidencia de la comitiva por parte del Conde de Spencer, acompañado de los hijos de la Princesa, el ex-marido y el abuelo de los niños; presencia de la Familia Real al completo en la puerta principal de Palacio al paso de la cureña; inclinación de cabeza de la Soberana ante el paso del féretro; bandera real a media asta en el Palacio Real; toque a muerto desde las campanas; escenario del funeral, la abadía de Westminster, reservada para los actos más solemnes de la Familia Real.

De todos estos movimientos, tan sólo dos –las flores sobre el ataúd y la composición de la comitiva- tienen carácter privado. El resto corresponden a tratamiento de Estado. Es preciso destacar que, tanto la inclinación de la cabeza de la Soberana ante el paso del féretro como la bandera de la Casa Real ondeando a media asta son dos gestos excepcionales, que van más allá del ceremonial de Estado.

Día de autos: la ceremonia. Contenido especial de la ceremonia; predilección por el factor de relaciones personales con la difunta en la lista de los invitados que podían acceder al recinto; presidencia eclesiástica por parte del Deán de la Abadía; preeminencia protocolaria a la Familia Spencer frente a la de la Soberana en el interior del templo; intervenciones de la familia Spencer y del Primer Ministro; no asignación de puestos en la abadía para los invitados, salvo escasas excepciones; presencia del Cuerpo Diplomático y de representantes de Casas Reales; discretísimo papel de la Familia Real en la ceremonia religiosa y ausencia de imágenes de los miembros de la Familia real durante la ceremonia; colocación excepcional de la Familia Real en la abadía, cediendo la Reina los primeros puestos a los hijos y al Príncipe de Gales.

En esta parte de la ceremonia, el predominio de los movimientos más propios de un funeral privado es mayoritario respecto a la ceremonia de Estado. Tan solo la presidencia del deán de la Abadía de Westminster y la asistencia de miembros del Cuerpo Diplomático y de Casas Reales corresponden a un evento de Estado –por tanto, con honores-. En este caso, también hay que señalar un gesto excepcional y atípico como es la cesión de la presidencia por parte de Soberana, que cedió los primeros puestos a su hijo y a sus dos nietos.

Día de autos. Post-ceremonia: cortejo precedido y flanqueado por policía motorizada y seguido por una limusina; entierro íntimo sólo de la familia Spencer en Althorp (privado).

La presidencia

El aspecto protocolario más sobresaliente se refiere a la presidencia de la comitiva civil que se incorporó a la altura del Palacio de Saint James tras el armón de artillería, artilugio reservado únicamente para el traslado de los restos mortales de personalidades a quienes se entierran con honores de Jefe de Estado. Era una comitiva compuesta de dos grupos. El primero, en una sólo línea tras el cadáver, reservada para la Familia directa. El segundo grupo, de unas quinientas personas, para los representantes de las instituciones benéficas a quien la Princesa de Gales había dedicado esfuerzos personales.

El primer grupo, la presidencia de la comitiva, estaba compuesto por los representantes designados por cada una de las dos familias afectadas. En el centro, el Conde de Spencer, y a ambos lados los hijos de la fallecida, a la derecha el mayor, a la izquierda el menor. Cerraban los extremos, por el orden protocolario, el abuelo de los niños, Duque de Edimburgo y Consorte de la Reina (derecha) y el ex-marido, Príncipe de Gales (izquierda). Esta solución estuvo condicionada por el tipo tan especial de ceremonia. Si fuera un funeral de Estado no podría presidir la comitiva el hermano de la fallecida, si en la misma concurren cuatro personas que ocupan los primeros puestos en la ordenación protocolaria vigente en este país. Y de aplicarse esta ordenación el Duque de Edimburgo sería el primero, a su derecha el Príncipe de Gales, a su izquierda el hijo mayor, a su derecha de nuevo el hijo menor y en el extremo izquierdo el Conde de Spencer. Todo ello, suponiendo que no asistiera la Reina, en cuyo caso, todos perderían un puesto y ella presidiría.

Presidía el hermano de la Diana de Gales porque en el protocolo prevalecía la consideración de ceremonia privada. En Inglaterra es costumbre que la comitiva de una persona fallecida de la nobleza la abra la viuda o el viudo si existiera, acompañado de quien encarna el título de la nobleza. En este caso no existía un viudo, ya que había una separación oficial por el medio. Presidía, por tanto, el titular del Condado, en este caso el Conde de Spencer. A continuación, los hijos, situados a la misma altura, uno a la derecha y otro a la izquierda, flanqueando a quien preside. Y en los extremos la parte oficial vinculada por distintos lazos a la familia, el abuelo y el padre de los dos hijos. Es importante destacar que, aunque la apariencia de la procesión –el envoltorio- de cara al público era, en su mayor parte, de una ceremonia de Estado, la comitiva, cuya disposición quizá paso más inadvertida para los analistas y periodistas, era estrictamente privada.

En definitiva, el protocolo fue una acertada y muy estudiada combinación de honores –como las ceremonias de Estado- con otros aspectos más propios de otro tipo de ceremonias. Una planificación perfecta y una ejecución con puntualidad británica complementaron uno de los más brillantes trabajos protocolarios de los últimos años.

Un espectáculo para el mundo

Pero aún hay otro factor decisivo en la organización de la ceremonia. Los ‘promotores’ que asesoraron a la Reina entendieron que “todo poder político acaba obteniendo la subordinación por medio de la teatralidad”.22 La imagen que quisieron dar tanto de la institución como la de las personas implicadas se transmitió al pueblo y a todo el mundo mediante la escenificación del evento. Una escenificación estudiada y realizada pormenorizadamente. El discurso televisado fue necesario porque con él se llegaba a un importante número de personas. Pero lo que realmente surtió efecto fue la información estética, pero no la ofrecida de forma argumental (discurso), sino la suministrada como espectáculo (ceremonia).

No era necesario solamente llegar a la gente desde un punto de vista racional, con motivos lógicos que significaran un cambio de actitud demandado por la población (discurso); además de ser así, tenía que parecerlo (ceremonia). Todo debería, entonces, estar concebido con arreglo al discurso que la Reina pronunció ante las cámaras de la BBC, porque sólo así se podía constatar su certeza. Por tanto, el parecer era en realidad la justificación necesaria del ser. La información estética había adquirido una importancia mayor a la semántica desde el punto de vista cualitativo y cuantitativo en la estrategia de Comunicación Política para esta situación crítica.

El fenómeno producido en Londres había sido descrito dieciséis años antes por Karl W. Deutsch cuando afirmaba que la organización de los símbolos implica en consecuencia, organización de la percepción y de la memoria, y, a través de este doble control, facilita el control de las mentes y consigue la percepción acrítica de los mensajes, legitimados por el prestigio de aquellos símbolos. Efectivamente, en un momento en el que, llevado por la tensión y la rabia, el pueblo inglés comenzaba a cuestionar seriamente la Real Institución británica, se hacía imprescindible volver a organizar “la percepción y la memoria” de una manera difícilmente cuestionable y que dejara a un lado la crítica.

La solución radicaba en “organizar” adecuadamente los símbolos y los gestos con contenido simbólico. Pero esa preparación no debía ser pensada que realizarla teniendo en cuenta simplemente a los invitados o a las personas que se habían acercado al Palacio de Saint James o a la Abadía de Westminster para seguir el funeral. En realidad, la planificación tenía otros destinatarios aparentemente menos importantes pero que, en definitiva, sería quienes habrían de legitimar en última instancia aquel ejercicio de teatralidad, aquella fúnebre escenificación. La organización también había sido concebida pensando en la audiencia, en los dos billones y medio de telespectadores de todo el mundo que, a través de la televisión, deberían captar de forma consciente o no tanto los guiños que los responsables de protocolo habían preparado. “El protocolo, además de establecer y ordenar jerárquicamente las formalidades que se articulan en un acto y a las personas que participan en él, gestiona el proceso de comunicación que genera la simbología del ceremonial que lo rodea”.23

Es importante subrayar que la gestión de todo aparato simbólico generado por los gestos y movimientos preparados para el funeral había que realizarla teniendo en cuenta su alcance ya que iba a ser una ceremonia transmitida por televisión. Esto es lo que realmente determinó el tipo de evento que hubo que organizar, puesto que la Monarquía inglesa no sólo se ‘jugaba’ su prestigio ante el pueblo soberano sino ante todo el mundo. Isabel II lo había asegurado ante el pueblo en el discurso televisado; los medios le dieron la razón. Así, por ejemplo, el editorial de El País afirmaba: “Ayer Londres se convirtió en un funeral mezcla de la expresión sincera de una población entristecida y emocionada y de la obligada pompa ritual que fue amplificada por una transmisión elegante de las cadenas de TV británicas…”24 Washington Post era aún más claro: “El simple hecho de esta impresionante consternación internacional puede significar que el mundo entero sintió la necesidad de llorar esta pérdida, y la ceremonia y su cobertura fueron especialmente diseñadas para inspirarlo”.25

El protocolo había conseguido no solo relajar un ambiente de hostilidad hacia la Monarquía sino también reconocer que la Reina había dado a la Princesa el funeral que se merecía pero que ni fue un ceremonial de Estado –lo que pedían los ingleses y los medios- ni una ceremonia privada –lo que, en principio, había deseado la familia Spencer-.

Los responsables de protocolo realizaron una auténtica labor de ingeniería teniendo en cuenta que la televisión (concretamente a la BBC, que distribuyó la señal institucional) era un importante factor en todo el entramado. “La importancia concedida a la imagen y al sonido, la capacidad de transmitir el acontecimiento ceremonial a cualquier lugar, dan pie a una ‘retórica de la transmisión’; ésta impone su lógica en la dramatización y lo hace mediante la opción que opera acerca de qué es lo que muestra combinando los diferentes planos de la escena y cómo han de ser presentados los personajes centrales…”.26 Por otra parte, el papel de la televisión en la retransmisión de los rituales es muy importante ya que al intercalar imágenes de archivo con los diferentes escenarios en los que tiene lugar la celebración, permite obtener una perspectiva del conjunto de la ceremonia, difícil de conseguir de otra forma. Esa perspectiva no implica, a menudo, entendimiento, sino simplemente una ‘visión’ amplia de lo que ocurre –con las lógicas limitaciones técnicas- mediante la percepción de imágenes y estímulos.

El protocolo que se debería haber aplicado en condiciones normales se vio notablemente alterado por las razones explicadas más arriba. Esto no supone en forma alguna que se haya “roto el protocolo” como quisieron ver muchos periodistas y expertos en comunicación. En absoluto. Lo que se produjo fue un cambio en la estrategia protocolaria acorde con la situación y condicionada por un plan de Comunicación Política preparado para la ocasión. Ninguno de los gestos ni movimientos que se pudieron observar en la transmisión televisiva fue “casual”, ni “anecdótico” ni se produjo como consecuencia de que alguien se “saltara el protocolo”. Es más, el protocolo, la organización, fue rígida -a lo que, por otra parte, está muy acostumbrada la realeza británica-. Todo había sido muy ensayado y fue realizado con elegancia y puntualidad exquisitas.

Muchos de los aspectos informativos que encierra el ceremonial en algunos procesos de comunicación (el funeral mencionado, una rueda de prensa, la visita de un Jefe de Estado, la primera piedra de una universidad o la inauguración de una factoría) han sido insuficientemente estudiados en nuestro país desde el campo de la Comunicación Política.

Por ese motivo el protocolo, como ciencia -y arte-, debe ser analizado desde el campo de estudio que ofrece la Comunicación Política, una disciplina amplia de la que parten otras muchas investigaciones pero que tienen en la información y en la comunicación una raíz común. Es cierto que la literatura sobre los símbolos es abundante, así como sobre sus efectos. Sin embargo, se echa en falta el análisis que constate cómo ha cambiado la forma de concebir el ordenamiento y la utilización de los símbolos, en sentido particular, y del protocolo, en general, debido a la presencia de los medios de comunicación en los actos organizados por las instituciones, como parte de su estrategia de Comunicación Política.

En los últimos años los medios de comunicación han obligado a cambiar la forma de concebir el protocolo. Así, es práctica común alterar las precedencias en un evento o el orden lógico de una ceremonia por la presencia de los medios, con la intención última de favorecer o propiciar una determinada imagen de la persona o institución organizadora. El funeral por el fallecimiento de Diana de Gales es un ejemplo.

Referencias

  1. IGNACIO RAMONET & NOAM CHOMSKY, Cómo nos venden la moto, Barcelona, Icaria, 1994, p.87
  2. Ibid
  3. FELICÍSIMO VALBUENA DE LA FUENTE, Teoría General de la Información, Madrid, Nóesis DL, p.236
  4. FRANCISCO MARÍN CALAHORRO, Fundamentos del protocolo en la comunicación institucional: guía práctica, Madrid, Síntesis, 1997, p.17
  5. GEORDE BALANDIER, El poder en escenas: de la representación del poder al poder de la representación, Barcelona, Piados, 1994, p.18
  6. “To many, such strict adherence to precedent is both unsympathetic and incomprehensible”, The Times, 4-9-1997, p. 4
  7. “Palace considers full state funeral as the world mourns”, The Times, 1-9-1997, p.1
  8. “Kings and queens, princes and princess are mirrors in which we see ourselves and our times. The death of the princess is a very public death (…) The nation will want a state funeral. There should be no impediment to this –least of all from the Palace itself”, The Times, 1-9-1997, p. 25
  9. “ Althought the Palace and Downing Street deny it, the formal farewell for the Princess will be virtually a state funeral”, The Times, 4-9-1997, p.1
  10. “Apart form the welcome innovation of the books of condolence, there has been no personal gesture towards the gathering multitudes. Following protocol, the Royal Standart at Balmoral has not been lowered to half mast; above Buckingham Palace, no flags flies at all”, The Times, 4-9-1997, p. 19
  11. El País, 3-9-1997, p. 12
  12. “A public appearance, however brief, by the Queen, her consort or any of her children at St Jame’s Palace would have cheered not only the patient thousands who wait outside, but the millions who watch form afar. The mere presence of the Sovereign at Buckingham Place mean much to many morners. So would a little flexibility in the purely symbolic matter of flags flown at royal palaces”, The Times, 4-9-1997, p. 19
  13. “La reine, ils est vrai, n’est guere habituee a ce type d’execercise de relations publiques. Pour ne pas perdre l’eclat ceremonial, les contacts directs entre le trone et la rue sont rares”, Le Monde, 7/8-9-1997, p.3
  14. “Queen breaks protocol and speaks to the nation”, Guardian Weekly, 14-9-1997, p.10
  15. JOHN WOOD & JEAN SERRES, Diplomatic ceremonial and protocol: principles, procedures & practices, NY, Columbia University, 1970, 378pp
  16. 16 El País, 7-9-1997, p. 16
  17. “ …the pomp, circunstance, pageantry characteristic of the historic solemnities stayed by the British Monarchy, but with a contemporary difference, both hip and humanizing, that market Diana’s singular imprint on the House of Windsor and on the world’s nation of royal behavior”, The Times, 15-9-1997, p. 38
  18. “ The funeral pageantry was a moving mix of ancient and modern, a particulary fitting tribute to Diana, who was both a symbol of a cosmopolitan New Britain and a mother of kings”, Newweek, 15-9-1997
  19. “Britain bid farewell to Diana, Princess of Wales, on a sparking mourning today with a popular pageantry as it was in a regal pomp”, New York Times, 1-9-1997, p.1
  20. “There was pomp a tradition of the kind that Britain and the world have come to expect on these grands occasions of state”, Washington Post, 7-9-1997, p.1
  21. KAREN A. CERULO, Identity designs: the sights and sounds of a nation, New Brunswick, N.J: Rutgers University Press, 1995, p.13
  22. BALANDIER, op. Cit. P. 21
  23. MARÍN CALAHORRO, op. Cit. P. 14
  24. El País, 7-9-1997, p. 16
  25. “The simple point of the whole amazing international ordeal may be that the entire world felt it needed a good cry, and the ceremony ant its coverage were certainly designed to inspire one”, Washington Post, 7-9-1997, p.A30
  26. BALANDIER, op. Cit. P. 165